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Las cabras

Ecequiel Barricart

Siempre he odiado el deporte, siempre me pareció un tostón. A veces he hecho pequeñas concesiones, como en aquella ocasión que estuve 21 días corriendo por aquello de integrar ese hábito en mi vida. Dicen que es el tiempo que se necesita, pues no, correr me pareció lo peor. Posiblemente el hecho de ser gordo y pesar 113 kilos tenga algo que ver, quiero decir, probaré si algún día peso 70.

Los últimos años de mi vida los he dedicado a mi cerebro y alma, de tal forma y de forma autodidacta, llevo años leyendo y estudiando el Tao Te King, I Ching, textos budistas, zen, etc. Hacerlo implica un nivel de consciencia sobre tu yo interior brutal, durante mucho tiempo lees y lees, hasta que después de un tiempo (años), comienzas a comprender e integras esa comprensión en ti y en tu vida. Los últimos años ese era mi objetivo, quitar todas las capas de cebolla posibles de mi ego para que surgiera mi auténtico “yo”. Un “yo” que me diera quietud en el mundo confuso que habito.

Sin embargo, hace poco menos de un año estaba trabajando en Madrid y me sentía entumecido, cansado corporalmente, mi cuerpo pesado y ajeno a mi “yo interior” me pedía atención, y decidí calmar su queja con un masaje. Tumbado en la camilla, la masajista empezó a repasar y masajear cada parte de mi cuerpo, y fue entonces cuando sentí que éste era un extraño para mí. Estaba tocando algo que no era yo, que no estaba integrado en mi Tao, un pedazo de carne, huesos y órganos sobre el que tenía un absoluto abandono y desconocimiento. Me hizo sentir mucha tristeza, un verdadero sentimiento de compasión sobre un cuerpo que siendo mío, había desatendido estos años absolutamente. Le pedí perdón, pedí perdón a mi cuerpo desde el corazón. Me sentí triste por él, por mí.

La vida, sin embargo, es maravillosa. En ella habitan todas las respuestas. Semanas después de este suceso, llegó a ella un nuevo cliente: CONOR/WRC quería que diseñáramos en YOU la estética de sus bicicletas y, en general, que nos encargáramos de su imagen y comunicación tanto 1.0 como en Internet. Ahí estaba yo: un renegado del deporte al frente de uno de los retos más apasionantes de mi carrera. ¿No es genial?

El caso es que cogí una de sus maravillosas bicis de montaña WRC, y me eché literalmente al monte tutelado por mi estilista Javier Ayensa (que era ya biker tipo extrem), y del maestro Ramón San Martín (sabio rodador diesel). Quería saberlo todo del mundo biker. Era octubre y empecé a pedalear. Pedalear a 10 grados de temperatura, a 5, a 3, con frío, con lluvia, nevando, de día, de noche, viendo pasar las semanas, los meses, las estaciones. Seguí pedaleando por carretera, caminos de barro, de piedras, bosques, repechos, bajando, subiendo, sufriendo. Kilómetros y kilómetros escuchando a un cuerpo que latía vivo pero que a cambio me pedía sufrir. Era como si me dijera “volveré a ti, pero deberás pagar la indiferencia de estos años”. Y seguí pedaleando por “las 12 penitencias”, “el matacabras”, “el mortirolo”, “la cuesta de Judas el traidor”, por lo mejor de los alrededores de Zuasti. Vamos, vamos, vamos… Mi cerebro en blanco para que no saboteara mi cuerpo, mi espíritu agradecido por tener la oportunidad de ser perdonado, y mi cuerpo abriéndose paso hacia mi “yo interior” celebrando cada día su renacimiento.

Andar en bici es duro, los que lo practican lo saben, pero es tremendamente reconfortante. Los repechos infernales dejaron de serlo tanto, las bajadas inverosímiles empezaron a ser más que divertidas, las salidas extenuantes de una hora se convirtieron en un auténtico placer de dos horas  y media. Mis mentores ya eran mis compañeros de camino (ahora ya somos un montón  de bikers y nos llamamos “Las cabras de Zuasti”), mi cliente una de las grandes bendiciones de mi vida, y mi cuerpo un todo con mi “yo interior”. 10 kilos después, donde había grasa ahora hay músculo (en fin, no todo, ya me entendéis) y mis hábitos de vida son diferentes, ahora mi cuerpo me importa y comerme un donuts me jode.

El domingo pasado “Las cabras de Zuasti”, equipados obviamente con la equipación oficial de CONOR, participamos en nuestra primera aventura oficial del mundo biker. Digamos que era tan extrem para nosotros como lo pudo ser en su día para Josef Ajram su primer Iron Man. Participamos en la 9ª Edición de las Sierras de la Comarca de Pamplona. 41 kms infernales cresteando montes, mal subiendo, mal bajando…bueno, para soñar: más de 4 horas con el corazón en la boca. Fue la guinda a esta humilde historia de superación personal que os quería contar por si os pudiera ser útil.

Los seres humanos vivimos en la dualidad, todos poseemos un poeta y un guerrero en nuestra marca personal. El éxito interior no se puede alcanzar plenamente si no integramos a ambos personajes en un solo “yo” que se vea complementado, equilibrado por ambos. No podemos ser poderosos solo desde el poeta si no empoderamos también a nuestro guerrero, desde el yin sin el yang. No podemos vivir en la compasión, si no somos compasivos con nosotros mismos y olvidamos que nuestro espíritu y nuestro cuerpo son una unidad. No se puede vivir en plenitud maltratando tu cuerpo o viceversa, tu espíritu. La felicidad requiere de la infelicidad para tener sentido, el cuerpo del espíritu, la compasión de la consciencia plena. Advirtamos en estos tiempos turbios, difíciles que no puede haber abundancia si no existe previamente la merma. En definitiva, no podemos aspirar a vivir de verdad la vida sin asumir el juego de los contrarios, integrándolos, acogiéndolos, celebrándolos.

Love, amigos, nos encontramos en los caminos.

(La foto corresponde a la meta de la prueba de las Sierras. Entré de la mano de Ramón, fue cósmico).

 

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