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El emprendimiento en Tokio

Ecequiel Barricart - TokioLo primero que tengo que decir es que Tokio está lejos. Mucho. Y no hablo de la distancia física, que también, sino de la mental. Al menos en lo que se refiere a la idea que todos tenemos del emprendimiento versión Silicon Valley.

Realmente en Tokio no existe la figura del emprendedor en tanto líder que tiene una visión y la lleva a cabo. El ciudadano japonés no concibe el liderazgo individual y, por ello, no existe la figura del emprendedor, ni siquiera la del intraemprendedor dentro de las organizaciones. Hay profesionales que buscan la excelencia, para inmediatamente diluirla en la misión del equipo o empresa para la que trabajan. No buscan poseer una marca personal, sino trabajar para una supra marca que, anónima y sufridamente, él-ellos pueden hacer que sea mejor, más competitiva. De hecho, nadie aspira a crear su propia empresa, ésto se entiende como una especie de afrenta a los valores que han hecho grande su país: la capacidad de sacrificio más allá de los intereses personales y el trabajo en equipo.

-Papá, que he pensado que lo mismo en vez de trabajar en la Mitsubishi como tú, el abuelo y el bisabuelo, me voy montar una startup de videojuegos y ser gurú.
-Flor de Cerezo, amor, saca la katana que tengo que explicarle al niño un par de cosas.

Es tan fuerte su creencia en la tradición y el corporativismo empresarial, que cuando hablaba con la gente de Hub Tokio al respecto de las posibles sinergias entre las grandes compañías del país y las plataformas de innovación como la suya, me decían que este tipo de colaboración era imposible. Para una gran empresa en Japón es impensable recurrir al talento fuera de su organización. Es como tener que reconocer que no son lo suficientemente trabajadores y eficaces como para llevar a cabo su trabajo, y ésto atenta directamente contra su “dignidad”.

En definitiva, el modelo de “emprendimiento” en Japón es grupal y a mayor gloria de la institución, no empresa, que generacionalmente han construido sus empleados de forma anónima y esforzada. Ser emprendedor no es cool en Japón. De hecho, ni siquiera lo entienden como necesario en términos sistémicos. Su economía, azotada como la del todo el planeta, busca soluciones alineadas a una respuesta coral, sabedores de que ésta ha funcionado en el pasado llegado el caso.

Desde el trabajador que está en un puesto de información del metro, hasta los CEOS de las mayores corporaciones, todos tienen un sentimiento de orgullo pleno por su participación en la sostenibilidad del sistema común. Sistema que alimentan con un nivel de excelencia de asustar. Y digo de asustar porque en países como el nuestro estamos acostumbrados a medir el éxito del personaje o empresa en sí mismos, y no el de su aportación a la colectividad en términos de ecología social. En Japón el éxito es hacer bien tu trabajo, porque éste te dignifica y además es contributivo, es decir, suma al conjunto del interés general. Algo de lo que aprender, sin duda.

En cuanto a los próximos retos del país, hay que destacar la importancia que está empezando a tener la mujer en el área directiva de las empresas. Las métricas son todavía alarmantemente bajas pero, como me constataba Elizabeth Handover, de Lumina Learning, poco a poco y ayudadas por eminentes mujeres que hoy empiezan a ocupar puestos estratégicos en el país, las mujeres cada día más están luchando por deshacerse del estigma cultural que tradicionalmente las relegaba a un segundo plano. Esto implica una maravillosa y auténtica revolución. Una “lucha”apasionante y también una oportunidad en términos de entrenamiento o formación a mujeres directivas en aquel país.

Hablando de oportunidades, en Google Tokio me explicaban, lo inteligentes que eran los programadores japoneses pero el tremendo problema que tenían con su escaso conocimiento del inglés. Tokio está lejos y además es una isla. Mucho del talento del país se está viendo desperdiciado por la poca capacidad que sus profesionales tienen de comunicarse en un idioma global como es el inglés, en el ámbito de la tecnología. Este síndrome isleño y cateto que todos vivimos de una forma u otra cuando ponemos puertas al campo de nuestro desarrollo profesional, en Japón como aquí es otro de los grandes retos a abordar.

Todo ello no quiere decir que dentro del “sistema” de Japón, no existan oportunidades para el emprendedor. El mundo empresarial del resto del planeta sabe que el mercado japonés es muy importante y muchas incubadoras como Digital Garage impulsan decenas de proyectos con un éxito importante. A este respecto, Héctor García uno de nuestros mayores y mejores embajadores de España en Tokio, me decía que dicha incubadora, en la que él trabaja, tiene un ratio de éxito en sus inversiones en startups de uno a diez. Es decir, que una de cada diez de las empresas que impulsan sale al mercado con éxito y viabilidad. Éste es el mismo ratio que manejan los Business Angels en Silicon Valley, con lo cual no está nada mal.

La tendencia en la actualidad de las plataformas de inversión en Tokio es volver a invertir de nuevo en hardware y no tanto en software. Entienden que el software es algo “comprable” a un precio razonable y que, sin embargo, el negocio ahora radica en soportes físicos que compitan en el mercado no virtual. Es decir, buscar el dispositivo que pueda competir con el iPhone de turno, más allá de su software que se da por programado. Para ello, utilizan impresoras 3D y componentes de fácil integración que generan metodologías de prototipado ágiles. Siendo, por tanto, la programación un bien accesible y de ya no tanto valor añadido que subcontratan a peso. ¿Dónde? ¿En China? ¿En India? No. Ahora los chinos y los indios somos los españoles (gran dato). No nos ven en el lado del valor añadido, sino en el de los servicios baratos, uuuuuuuuffffff.

Suena Mylo Xyloto de Cold Play en mi Mac y las luces de neón de Shibuya todavía están en mi cerebro visual.

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